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El caso de Toño Diez

Un secuestro que permanece impune

* Un año y ocho meses después de haber sido secuestrado, Toño no aparece

El miércoles 3 de octubre de 2012, cuando Toño Diez salió de su casa en Tlapacoyan, a las ocho y media de la mañana, no imaginó que su vida iba a caer en un acontecimiento inesperado y que ya no regresaría.

Salió acompañado por uno de sus empleados que ese día comenzaba a trabajar para él, Jorge Guzmán, con la intención de llegar al puerto de Veracruz para cumplir con una cita en la plaza comercial Las Brisas, que se encuentra ubicada en la entrada del puerto. Era prestamista, su actividad más lucrativa y una de las poblaciones donde más clientes tenía era esta ciudad.

El crimen organizado le cobraba una cuota mensual para dejarlo trabajar y en esta ocasión le habían advertido que le iban a subir la cuota, que hasta ese momento era de cinco mil pesos mensuales. La de ese mes ya había sido liquidada por Andrés Hernández Hernández, uno de los empleados de Toño asignados al puerto para "trabajar los préstamos". Lo acompañaba Benito Marín, ex trabajador de Toño.

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Poesías inolvidables

A mi hijo

Rudyard Kipling

Hijo mío:

 

Si quieres amarme,

bien puedes hacerlo,

tu cariño es oro

que nunca desdeño;

mas quiero que sepas que nada me debes,

soy ahora el padre,

tengo los deberes.

 

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Crónicas de Tlapacoyan

Desaparecido durante cuatro años

  La vida le cobró una factura que no debía

 

Un día Carlos salió temprano de su casa y ya no regresó. Lo que le sucedió y toda la trama que se armó a raíz de su desaparición parecen más elementos fantásticos que un caso de la vida real. No cabe duda, la realidad es más sorprendente que la fantasía.

Pero, el caso de Carlos surge ahora debido específicamente a otra desaparición. Antes de seguir adelante con éste vayamos al punto de partida.

Tras la publicación de la crónica de la semana pasada, algunos lectores me han escrito acerca de la desaparición de alguno de sus esposos o esposas, hijos, hermanos y quisiera referirme a uno de ellos, una señora de Tlapacoyan de la que no tengo autorización para publicar su nombre. Le ofrecí relatar un caso similar, el de Carlos, que puede servir de ejemplo para todos aquellos que extrañan al ser querido que se ausentó, aunque, desde luego, no es mi intención forjar falsas esperanzas en nadie, porque cada caso es diferente. Me dice ella que su hijo simplemente salió de casa a realizar sus actividades cotidianas y ya no regresó. Hace exactamente un año. La señora se dirigió primero a la Agencia del Ministerio Público ubicada en Tlapacoyan, para denunciar la desaparición. Lo hizo al día siguiente de que esto sucedió, porque no llegó a dormir, pero le dijeron que tenía que esperar unos días para levantar una denuncia, porque por tan sólo una noche no se podía suponer un crimen; se podía tratar de que se quedó con un amigo, con la novia o alguna otra posibilidad. Una semana después, el MP levantó el acta correspondiente, fueron a su casa, entrevistaron a los amigos de su hijo, a sus compañeros del trabajo y de la escuela, pero no consiguieron ningún resultado.

Ella, por su parte, ha recorrido la ruta que seguía su hijo innumerables veces preguntando casi casa por casa, observando, deduciendo; se ha dirigido también a diversas asociaciones que atienden a víctimas de secuestros, pero estas le han informado que ella no se encuentra en tal supuesto, dado que nadie, nunca, pidió alguna cantidad de dinero como rescate por un supuesto secuestro de su hijo. Otras asociaciones que buscan a desaparecidos solamente le han informado que no hay ningún dato sobre su hijo. Quedé en platicar personalmente con ella para escucharla de viva voz y analizar lo que tiene hasta ahora.

Pero cumplo con lo ofrecido antes y lo que sigue es el relato de Carlos:

Carlos era un hombre que ya pasaba de los cincuenta años de edad. Vivía en un pueblo pequeño junto a su esposa. Se casó ya grande y apenas se disponía la pareja a planear la llegada de su primer hijo. Todos los días, de lunes a viernes, él salía de su casa, abordaba un transporte que lo llevaba a su trabajo, distante de su hogar, y regresaba por la noche. Los fines de semana, la pareja se iba a comer o a cenar a algún lugar de su agrado. Viajaban durante las vacaciones y todos los que los conocían dicen que se trataba de una pareja ejemplar y enamorada.

El caso es que un día Carlos salió temprano, como siempre y ya no regresó. Sucedió lo mismo que con el hijo de la señora de Tlapacoyan de la que hablé antes. Su esposa, Isabel, se dedicó a mover todos los resortes que pudo, contrató un detective particular para seguirle la pista a su desaparecido esposo y en ninguno de los casos tuvo éxito.

Pasaron las semanas, los meses y los años y Carlos no regresaba. Isabel consiguió un empleo que le permitía subsistir con decoro. Adoraba a su esposo, un marido ejemplar durante el poco tiempo que duraron juntos. El trato entre ambos fue siempre de absoluto respeto, con mucho cariño. Nunca hubo algún insulto, mucho menos golpes o trato humillante de uno hacia el otro.

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Personajes

Alfonso Diez

 

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La reina actual de Tlapacoyan

Una lucha que acabará pronto...

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